Cuando escuchamos la expresión amor que transforma, entendemos que no se trata solo de algo emocional. Se trata de algo que forma el corazón y cambia la manera en que camino. Es un amor que corrige, que enseña y que me lleva a madurar.
Este mensaje nos muestra cómo Dios, como Padre, trabaja con nosotros para que no perdamos la gracia, enseñándonos que la disciplina es parte de ese amor.
La ausencia de gratitud
Se nos advierte que vendrán tiempos peligrosos y que una de sus características será la ingratitud. La ausencia de gratitud es no reconocer lo que se nos ha dado. Muchas veces nos enfocamos en lo que no tenemos y perdemos de vista lo que ya está en nuestras manos.
Se nos invita a mirar nuestras manos espiritualmente. ¿Qué puso Dios en ellas? Lo que Dios ponga en nuestras manos será el elemento que Él va a usar para bendecir nuestras vidas. Si no reconocemos eso, no somos agradecidos.
Se nos recuerda que la gracia es un reflejo de la eternidad en mi vida. Cuando hay gracia en nuestro corazón, otros pueden ver un cambio en nosotros. Pero si estamos cegados por lo que no tenemos, perdemos el enfoque de la gratitud.
“Pedro, ¿me amas?”: Un amor que nos invita a reflexionar
Después de la resurrección, Jesús le pregunta a Pedro: “Pedro, ¿me amas?”. No era porque no supiera la respuesta, sino para que Pedro reflexionara. El Señor quería establecer un punto en específico.
También le dice que cuando era joven hacía lo que quería, pero que vendría el tiempo en que otro lo guiaría. Ese es el amor que transforma: un amor que pone límites, que establece estructura y camino.
Por otro lado, en el libro de Cantares en la Biblia se habla de un amor fuerte como la muerte, que muchas aguas no pueden apagar. Es un amor que no se vende y firme que marca el corazón.
“Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina”
En Hebreos 12 se nos recuerda: “Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor, ni te des por vencido cuando te corrige.” También dice: “Pues el Señor disciplina al que ama y castiga a todo el que recibe como hijo.”
La disciplina no es rechazo, es una señal de que soy hijo. Si Dios nos disciplina, es porque nos ama. El problema no es la disciplina, sino mal interpretarla.
Muchas veces el hijo se cansa de ser corregido, así que se agota, pero el texto dice que no me desmaye. La disciplina tiene propósito debido a que forma carácter y nos prepara para una vida recta.
“Tu vara y tu callado me infunden aliento”
En el Salmo 23 la oveja declara: “Tu vara y tu cayado me infunden aliento.” Es la oveja quien reconoce la tarea del pastor. Entiende que la vara y el cayado no son para destruir, sino para dar aliento.
Cuando perdemos la comunión con Dios, nos podemos llenar de amargura por la disciplina. Pero cuando tenemos comunión con el Padre, la agradecemos. Por eso, se nos dice que levantemos las manos caídas y fortalezcamos las rodillas debilitadas.
Las manos levantadas hablan de adoración y las rodillas dobladas hablan de oración. Si dejamos de adorar y de orar, perdemos la comunión y comenzamos a malinterpretar lo que Dios está haciendo con nosotros.
La disciplina siempre es buena
La Escritura dice en Hebreos 12:10 que “pues nuestros padres terrenales nos disciplinaron durante algunos años e hicieron lo mejor que pudieron; pero la disciplina de Dios siempre es buena para nosotros, a fin de que participemos de su santidad.”
También en el versículo 11 declara: “Ninguna disciplina resulta agradable a la hora de recibirla, al contrario, es dolorosa; pero después produce la apacible cosecha de una vida recta para los que han sido entrenados por ella.”
La disciplina es una expresión de amor. Es una demostración de que le importo a alguien. No tiene el propósito de destruirnos, sino de entrenarnos.
Claro, aquí te lo redacto nuevamente para que se entienda mejor el ejemplo que desarrolla el predicador, manteniéndome en lo que él explica:
Esaú: Sin consciencia de valoración
En Hebreos 12 se habla de la experiencia de un padre con un hijo que dejó de alcanzar la gracia. Allí se menciona a Esaú como ejemplo de alguien que no supo valorar lo que tenía. No fue solo una decisión aislada, fue una actitud frente a la formación y la bendición.
Cuando vamos a Génesis, se nos dice que Esaú era hombre de campo y Jacob era hombre de tienda con dos maneras de vivir diferentes.
El hombre de campo es aquel que come de sus propias capacidades. Vive de lo que produce con sus manos. Y cuando alguien solo vive de lo que él mismo genera, deja de reconocer lo que otros pueden aportar. No recibe, no valora y no reconoce la gracia que está sobre los demás.
En cambio, la tienda representa un lugar de formación. Es el espacio donde hay disciplina, enseñanza, instrucción y administración. No es un lugar cómodo, pero sí necesario. Allí se forman los que un día van a llegar al trono.
Por eso, se afirma que hay procesos que no podemos saltarnos. Si desprecio la tienda, desprecio el proceso. Y si desprecio el proceso, terminamos como Esaú: sin conciencia de bendición y sin valorar lo que realmente tenía en sus manos.
El peligro es no entender que la formación es parte del amor del Padre. Cuando comprendemos eso, dejamos de resistirnos y comenzamos a agradecer.
Amor que no es solo emoción
El amor no puede basarse sólo en emociones, ya que las emociones pasan. Tampoco es solo una decisión o un mandato. Cuando el amor se basa en intereses o intercambios, no es amor. El amor no busca lo suyo. El amor verdadero entiende la importancia de amar lo que viene de Dios en mi vida.
Dios no busca entretenerme, busca transformarme. Por eso, un ajuste temporal no es transformación eterna. La palabra que llega al alma nos transforma y la palabra que llega al espíritu también nos transforma.
El amor que transforma es el amor del Padre que nos disciplina, forma y guía. Es un amor que no nos deja igual, sino que produce en nosotros una vida recta y en santidad. Cuando entendemos esto, dejamos de resistirnos y comenzamos a agradecer.
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